El CTE: el asesino silencioso de la creatividad (y las ganas de vivir) de los arquitectos

Hoy no vengo a hablar de jardines. Vengo a hablar de otro tipo de secarral: el que se nos queda en la cabeza cada vez que abrimos el CTE.

Para quien no sea del gremio: el CTE es el Código Técnico de la Edificación, el libro de normas que dice cómo se puede y cómo no se puede construir en España. Ahí dentro vive todo: desde cuánto tiene que medir una barandilla hasta cuántos minutos tiene que aguantar una puerta antes de arder. Es el motivo por el que tu arquitecto pone cara rara cuando le pides «algo con mucha imaginación» y tú no entiendes por qué no puede ser tan sencillo como en Pinterest.

Pues bien, puedo afirmar que el CTE está para proteger tu vida, y eso no lo discute nadie. Lo que sí discuto es que es un artefacto creado por ingenieros sin alma.

Empiezas un proyecto con una idea preciosa, con una intención clara, con esa vocecita que te dice «esto va a quedar espectacular», y en cuestión de semanas esa vocecita compite con otra mucho menos poética que repite sin parar: «eso no cumple», «esto tampoco cumple», «eso no cumple again».

Es que a mí estos temas me generan encontronazos interiores entre la técnica y la creativa (otra vez, lo sé).

Ojo, esto no es un post contra la norma. Es un post contra la manera en que la norma nos va comiendo la ilusión poco a poco, si no aprendemos a pelear con ella en vez de contra ella.

Desgranemos los contenidos más elementales y digamos lo que ningún ingeniero quiere oír pero todos los arquitectos e interioristas estamos pensando.

 

El DB-SUA, o cómo toda casa acaba pareciendo un hospital

Accesibilidad y seguridad de utilización. Suena bien, ¿verdad? Y lo es, no nos engañemos: rampas con la pendiente correcta, barandillas a la altura correcta, pasamanos donde tienen que estar. Nadie en su sano juicio quiere que alguien se caiga por una escalera mal resuelta.

El problema es cuando esa lógica de «protegerlo todo por si acaso» se aplica con la misma regla de tres a una vivienda unifamiliar aislada en medio del campo, sin visitas previstas, sin tráfico de personas, sin absolutamente nada que lo justifique más allá de que la norma no distingue matices. Y ahí es donde el arquitecto se convierte en traductor simultáneo entre lo que el cliente sueña y lo que el DB-SUA permite soñar.

Ojo, y ni que hablar de los clientes y su ya reconocido «es que yo esto lo he visto en TikTok», a lo que yo contesto: ya lo sé, cari, lo has visto tú y 30 mil millones de personas, pero excuse moi, en España it not is posibooooool.

 

El DB-SI, el gran enemigo del espacio abierto

Ay, el DB-SI. Seguridad en caso de incendio. Aquí es donde mueren la mayoría de los «quiero un espacio diáfano, sin puertas, todo muy fluido». Porque en cuanto entran en juego los recorridos de evacuación, la sectorización y los anchos mínimos de paso, ese espacio diáfano empieza a llenarse de puertas cortafuegos, pasillos que de repente tienen que medir lo que tienen que medir, y sectores que se resisten a desaparecer por mucho que tú insistas en tu render de que queda mejor sin tabique en medio.

Es agotador tener que explicarle, proyecto tras proyecto, a un cliente enamorado de una imagen de Pinterest, que ese pasillo tan bonito y tan estrecho de la foto sencillamente no evacuaría a nadie a tiempo y que es una ratonera. ¿Pero si vivo yo solo?… Ya, José Luis, pero díselo tú a los del CTE, porque la norma es para todos.

No es que el CTE mate ideas. Bueno, muchas veces sí, para qué vamos a engañarnos. Y cada modificación es peor, para la creatividad, aclaro, para la creatividad. Yo me imagino a los ingenieros diciendo: ¡que hay incendios, cierra la escalera, que no pase nada, cuadrado, cuadrado, cerrar, cerrar! ¡Y pum!… ya está aquí la guerra. La escalera como elemento arquitectónico murió. D.E.P. Escalera escultórica.

 

El DB-HE, o el arte de aislar hasta la asfixia

Eficiencia energética. Aquí sí que me callo poco, porque me parece fundamental: menos consumo, menos factura, menos planeta sufriendo por nuestra culpa. Hasta ahí, todos de acuerdo. Pat es ecofriendly.

Lo que cansa es la sensación de estar siempre corriendo detrás de la exigencia: cada revisión del documento pide más aislamiento, más estanqueidad, más ventilación mecánica controlada, más justificación numérica de algo que, muchas veces, el sentido común ya resolvía con una buena orientación y un alero bien puesto. Al final acabamos proyectando edificios que cumplen su ficha energética a la perfección y que, en el proceso, han perdido esa ventana que abría al paisaje porque «el hueco no compensaba en el cálculo».

Quiero decir que la arquitectura vernácula ya hacía esto hace miles y miles de años, desde que la primera casa era una cueva, adaptándose al medio y a los materiales de proximidad. La globalización está haciendo que esto parezca que está mal. No, perdóname que discrepe: meter estructura de madera no es más ecológico en Almería, principalmente porque no hay extracción de madera ni bosques cerca, que poner un muro de piedra de 50 cm. Meter aire de la calle mediante tubos no me parece una mejor opción que abrir una ventana y realizar ventilación cruzada.

Todavía me acuerdo, de mi infancia, cuando en pleno enero mi abuela abría las ventanas de par en par para hacerte saltar de la cama sí o sí, y ventilar la casa mientras desayunaba en la cocina.

 

La habitabilidad autonómica, la prima lejana que también manda

Aquí viene la sorpresa para quien no sea del gremio: el CTE no está solo. Cada comunidad autónoma tiene su propia normativa de habitabilidad, que añade superficies mínimas de estancias, alturas libres, ventilación cruzada obligatoria y demás alegrías. Así que no basta con cumplir el CTE, hay que cumplir también con la prima lejana que viene de visita y que en cada región tiene una versión distinta.

En Andalucía, que es donde más expedientes tengo, el famoso decreto 293/2009 es más restrictivo que el CTE. Así que ojito, poca broma con la prima.

Resultado: un mismo proyecto, en dos comunidades autónomas distintas, puede necesitar dos vueltas de diseño completamente diferentes. Y no, no es que un arquitecto no sepa hacer bien su trabajo. Es que literalmente está jugando una partida distinta según el mapa.

 

El CTE 2026 y el nuevo deporte nacional: calcular el carbono a 50 años vista

Y para rematar la faena, llega el nuevo CTE 2026 con su Documento Básico de Sostenibilidad Ambiental bajo el brazo. A partir de ahora, además de todo lo anterior, tocará calcular el potencial de calentamiento global del edificio a lo largo de su ciclo de vida completo, ni más ni menos que a 50 años vista. Con declaraciones ambientales de producto, comparativas de materiales desde las primeras fases y toda una nueva capa de justificación documental que se sumará, no que sustituirá, a la que ya teníamos.

Se aplicará primero a los edificios grandes, a partir de 2028, y para 2030 tocará a todos los edificios nuevos. Añádele exigencias de movilidad sostenible, puntos de recarga eléctrica y energía renovable mínima en edificios no residenciales, y ya tienes el cóctel completo. La intención, de nuevo, es buena: construir pensando en lo que le vamos a dejar al planeta dentro de medio siglo. La realidad en el estudio es que a la lista de cosas que hay que justificar antes de dibujar la primera pared, ahora se le suma una calculadora climática. Como si el DB-SI no nos diera ya suficiente bola de cristal.

Pero la carga administrativa que eso conlleva para un arquitecto no está compensada. No sabéis la de horas que estamos en el estudio justificando normativa, revisando memorias… En fin, me da mucha pena porque hace años se hacía buena arquitectura y no requería justificar cada paso, y se ponía el esfuerzo y el ingenio en hacer buena arquitectura desde la mano, dibujando, proyectando y pensando en el lugar que se proyectaba, con su paisaje y sus peculiaridades particulares.

Entonces, ¿el CTE es el villano?

No. El villano no es el CTE, son los ingenieros que lo construyen, muahahahahahahaha. ¡Que nooooooooooo! El villano es cuando dejamos que la norma sea la única voz en la sala y se nos olvida que nuestro trabajo, precisamente, es encontrar la idea que sobrevive a todos esos documentos básicos sin perder el alma por el camino.

La normativa pone el suelo mínimo, no el techo de lo posible. Lo que diferencia un proyecto que «cumple» de un proyecto que además emociona sigue siendo la mano de quien lo dibuja.

Así que la próxima vez que un Documento Básico te tire una idea a la basura, recuerda: no se trata de rendirse a la norma ni de pelearte con ella hasta el agotamiento. Se trata de conocerla tan bien que puedas encontrar, dentro de sus límites, el hueco exacto por donde sí cabe tu idea.

Si estás peleando con un proyecto que no termina de encajar con el CTE, con la normativa autonómica o con las nuevas exigencias del 2026, y necesitas otro par de ojos de arquitecta que hable ese idioma —ya seas un colega buscando colaboración en un proyecto de ejecución, o un cliente al que se le ha caído el alma a los pies al ver que su idea «no cumple»— es justo el tipo de lío en el que me meto cada día. Hablamos.

Que la fuerza del CTE os acompañe, pequeños padawanes.

Besitos, Pat. ♥️