Septiembre. Vuelta al cole. Y todos con la misma lista en la cabeza: vuelta a la rutina, pensar en los libros, las carpetas, el uniforme que se quedó pequeño en junio, la mochila nueva porque la del año pasado «no sirve». Se acabó el chiringuito, se acabó la playa a las siete de la tarde con los pies en la arena, y de golpe la casa vuelve a ser el sitio donde pasan las cosas: los deberes, el teletrabajo, la videollamada de las cuatro y la merienda a la vez.
Pues yo, como Paco Umbral , vengo a hablar de mi libro. Y mi libro, este mes son los espacios de trabajo en casa. Porque cada septiembre pasa lo mismo: todo el mundo prepara el material y nadie prepara el sitio. Se compra el estuche y no se piensa dónde se va a abrir. Se vuelve a la oficina en casa y la oficina en casa sigue siendo la esquina de la mesa del comedor, con el portátil al lado del frutero.
Así que antes de que empiece el curso de verdad, una reflexión. Y luego, preguntas.
¿Quién te dice a ti que tu despacho tiene que ser una habitación?
Hace veinte años la cocina era un cuarto. Con su puerta, su azulejo hasta el techo y su extractor de campana que sonaba como un avión. Hoy la cocina está abierta al salón y nadie se escandaliza. Tiramos ese tabique, lo llamamos «concepto abierto» y seguimos con nuestra vida.
Pues con el trabajo en casa nos ha pasado lo contrario. Nos hemos empeñado en que «trabajar» necesita un cuarto propio. Cuatro paredes, una puerta que cierre y un cartel invisible que dice «despacho». Y la realidad es que hoy día, como está el metro cuadrado, eso es un lujo que casi nadie se puede permitir. Principalmente porque no tenemos ni espacio para vivir, como para reservar 10 m² a una mesa que se usa tres horas al día.
Así que este post va de eso. De dejar de pensar en el despacho como una habitación y empezar a pensarlo como un momento. Un mismo espacio puede ser una cosa a las nueve de la mañana y otra distinta a las tres de la tarde. Eso en la vivienda contemporánea se llama multitarea, y en las grandes ciudades ya lo tienen asumido. Aquí, en zonas menos densificadas como el Poniente almeriense, todavía nos cuesta. Tenemos un almacén o un garaje multitarea pero aún no se ha extendido al resto de la casa. Todavía nos queda esa barrera por romper.
Vamos a romperla con preguntas.
¿Quién te dice a ti que tu despacho no puede estar en el salón?
Nadie. Te lo dices tú, porque en tu cabeza el salón es sofá, la tele, un mueble bajo y si me apuras el aparador con la vajilla cara regalo de tus padres. Pero un salón de 22 m² tiene, casi siempre, un lateral muerto: la pared donde no cabe nada porque está la puerta, o el hueco entre la ventana y el radiador. Ahí caben 120 cm de tablero. Con 60 de fondo sobra. Un enchufe doble a 90 cm del suelo, una luminaria de brazo que no sea la general del techo y una silla que no dé vergüenza cuando vengan visitas.
La clave no es la mesa. La clave es que a las ocho de la tarde ese rincón desaparezca. Que no se vea el portátil, ni el cargador, ni los papeles del banco. Un cajón con tapa, una balda con puerta, un panel corredero. Lo que sea. El despacho existe de nueve a cinco y luego el salón vuelve a ser salón.
¿Quién te dice a ti que la zona de estudio de tus hijos no puede estar en la cocina?
En la cocina hay luz, hay mesa y hay alguien cerca. Es el mejor sitio de la casa para que un niño de ocho años haga los deberes, y lo sabes porque es donde los acaba haciendo, aunque le hayas comprado un escritorio de Ikea para su cuarto.
La cocina se usa de dos a cuatro y de nueve a diez. El resto del día ese espacio está vacío. Entre las cinco y las ocho de la tarde esa mesa es un pupitre. Lo único que hay que hacer es diseñarla para que aguante los dos usos: una superficie que se limpie bien (un compacto o un porcelánico, no un laminado que se hinche con el vaso de agua), una luz encima de la mesa que no sea la del extractor, y un sitio —un cajón, una caja, lo que sea— donde el estuche y los libros vivan cuando no toca estudiar. El truco es el mismo que en el salón: lo que no se ve no molesta.

Fotografía modificada con IA
¿Quién te dice a ti que no puedes tener un rincón de trabajo al lado del aseo?
Esto suena raro. Ya lo sé. Pero piénsalo: en muchas viviendas de aquí hay un pasillo que muere en el aseo de cortesía, con un metro y medio de pared a cada lado que no sirve para nada. Ese metro y medio, bien acondicionado, es un despacho.
Bien acondicionado quiere decir: una ventilación resuelta (si el aseo no tiene ventana, un extractor con temporizador que arranque con la luz), una puerta del aseo que cierre bien y no sea una puerta de paso con holgura de dos centímetros, y una iluminación propia para el rincón. Con un tablero suspendido de 100 × 55 sin patas, para que el pasillo siga siendo pasillo, tienes un puesto de trabajo que no le quita ni un metro cuadrado a nadie.
No es la solución más bonita de Pinterest. Es la que cabe.

Fotografía editada con IA
¿Quién te dice a ti que el pasillo tiene que ser solo un pasillo?
Un pasillo de 110 cm de ancho tiene 30 cm de sobra. Un pasillo de 120 tiene 40. Y 40 cm de fondo, en toda una pared de tres metros, es una mesa de trabajo continua con una estantería encima. Estás usando un espacio de paso como espacio de estancia, y eso, en una casa de 75 m², es oro.
Lo que hay que mirar aquí es la circulación. Que la silla, recogida, no invada los 80 cm que necesitas para pasar con la compra. Que la luz llegue, porque el pasillo suele ser lo más oscuro de la casa y ahí sí que hay que meter una línea de led empotrada bajo la balda. Y que el suelo aguante una silla con ruedas, cosa que un parqué flotante barato no siempre hace.
Son cositas a mirar, pero no imposibles de conseguir.
¿Quién te dice a ti que el armario del dormitorio tiene que ser solo para ropa?
Un armario empotrado de 240 cm de ancho con puertas correderas es, en realidad, tres módulos de 80. Dos para ropa. El tercero, vacío por dentro, con un tablero a 74 cm de altura, una toma de corriente y una luz, es un despacho con puerta. Cierras la corredera y no existe. Lo abres y trabajas.
Es la solución que más recomiendo en dormitorios de 12-14 m² donde no hay sitio para nada más. Y la que más sorprende a la gente, porque no se le había ocurrido que un armario pudiera «no ser un armario».

Foto editada con IA
¿Quién te dice a ti que la terraza es solo para tender?
En Almerimar y en El Ejido hay miles de terrazas de 6-8 m² que se usan tres meses al año. El resto del tiempo son un sitio donde se acumulan macetas secas y una silla de plástico. Y es, con diferencia, el espacio con más luz de toda la vivienda.
Ciérrala con un ventanal de perfilería oculta —vidrio de suelo a techo, sin marco a la vista, con rotura de puente térmico— y esa terraza es lo que tú quieras. Un despacho, una zona de lectura, el sitio donde estudian los niños. Con un buen vidrio y un toldo o un estor exterior para el sol de tarde, se trabaja ahí en enero y en julio. Y en cuanto abres las hojas, vuelve a ser terraza.
Ojo con esto: cerrar una terraza es una obra que toca fachada y en muchos edificios necesita permiso de la comunidad y licencia. También depende de cómo sea esa terraza si tiene forjado arriba o no. Hay que ver bien las posibilidades.
No es un capricho de Leroy de un sábado por la mañana. Pero bien hecho es, probablemente, el metro cuadrado más rentable que puedes ganar en tu casa. Y aquí sí que entro yo.
Todo esto tiene un «pero»
Y el «pero» es que la vivienda contemporánea no se está proyectando así. Se siguen dibujando planos con un cuadradito que pone «despacho» o, peor, sin ninguno. No se piensa en las horas de uso. No se piensa en qué pasa con el salón cuando toca comer y alguien tiene una videollamada. No se piensa en el niño que estudia en la cocina mientras se hace la cena.
Todos esos handicap tienen que estar encima de la mesa cuando se diseña una casa, y también cuando se reforma. Porque el problema casi nunca es de metros. Es de mirar los metros que ya tienes desde otra perspectiva.
Si tienes un rincón que no sabes cómo convertir, o una casa donde «no cabe» un sitio para trabajar, llámame. Casi siempre cabe. Solo hay que saber dónde mirar.
«El despacho no es una habitación. Es una hora del día.»
Pat. 🥰💖
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