Hay una parte del oficio que no sale en Instagram. No sale porque no es glamurosa, no queda bonita en un carrusel y, sinceramente, contarla en tiempo real te haría parecer una amargada, que es precisamente lo que dicen mis compañeros de profesión. Un saludo a mis compañeros que me leen, besitos.
Pero es probablemente donde una arquitecta-interiorista se gana el sueldo de verdad: en el momento exacto en que el proyecto que has dibujado con ilusión, con criterio, con calma (a veces) y dándole sentido a una idea o a un concepto, se topa con la realidad de la obra. Y la realidad de la obra viene de la mano de la normativa estatal, la de la comunidad autónoma y la municipal. A eso le añadimos instaladores que llevan veinte años haciendo lo mismo (nadie dice si bien o si mal, saquen ustedes sus propias conclusiones acorde a su experiencia), y catálogos de materiales que parecen diseñados por alguien que odia a los arquitectos y a los diseñadores.
Y esta es mi historia, Patricia. La que no cobras aparte porque va incluida en tus honorarios, pero que consume la mitad de tu energía mental durante los tres meses que dura la ejecución (3 meses estoy siendo súper generosa).
Déjame que te lo cuente con algunos ejemplos, que si no parece que exagero.
El instalador de aire acondicionado y su romance con la rejilla rectangular

Escena. Falso techo terminado, listo para recibir las rejillas de impulsión y retorno del aire. En el proyecto están definidas rejillas lineales empotradas, prácticamente invisibles, integradas en la junta del falso techo. Es una decisión tomada hace meses, negociada con el cliente, dibujada en planos y presupuestada.
Llega el instalador con las manos llenas de rejillas rectangulares blancas. De esas grandes y bien feas. De esas que parecen un ventilador de comisaría de los noventa.
Y aquí empieza el diálogo. Reproducido con un poco de literatura, no os lo voy a negar, pero no muy alejado de la realidad:
—Es que las lineales son mucho lío. Estas las he calculado acorde al caudal de la máquina y son estas.
—Cumplen igual desde el punto de vista de caudal. Estéticamente no cumplen nada, y el proyecto lleva lineales desde el primer plano.
—Pero es que estas vienen en stock, mi ingeniero lo ha calculado así (¡ay!, los ingenieros, esos seres de luz que carecen de gusto); las lineales hay que pedirlas y el promotor no me ha dicho que iban lineales cuando hizo el pedido.
—Pues se piden. Las rejillas vienen en el plano desde el minuto uno y lo hablamos en la primera visita que hicimos, y me dijiste que sí.
—Es que yo no tengo el plano. (Spoiler: mentira, sí que lo tenía, pero no se lo ha mirado.)
—Se han tardado tres meses en llegar hasta este punto de la obra. Dos semanas más no son el fin del mundo.
Primer gol.
Y esta conversación, con matices, la he tenido literalmente decenas de veces. No porque los instaladores sean malos profesionales. Muchos son excelentes en lo suyo. Es que su trabajo es que el aire funcione, y lo que a ellos les parece «un detalle menor» a mí me revienta la lectura del techo del local entero. Son dos criterios legítimos que no se están mirando desde el mismo sitio.
Mi trabajo, en ese momento, no es dibujar. Es defender una decisión ya tomada. Cambiar el «cumple igual» por «no, estéticamente no cumple, y esa parte del proyecto también es mi responsabilidad». Y hacerlo sin que el instalador salga del local pensando que soy una tocanarices, porque mañana volverá y todavía queda media obra por delante.
Lo peor es que, después de este enfrentamiento y de dejar claras las cosas, llame al promotor y lo amenace con que las rejillas lineales son más caras con tal de convencerlo. Meter mano en la cartera del cliente es una manera de manipulación muy habitual. Ese instalador cabrito… ¡me las pagará!
El santo tríptico: extintor, pictograma verde y luminaria de emergencia
Si el aire acondicionado te deja con los nervios de punta, la normativa contra incendios te termina de rematar. Y no porque esté mal —insisto siempre en esto, el CTE protege vidas y no lo discuto—, sino porque los elementos que impone son visualmente durísimos de integrar en un espacio que has diseñado para transmitir calma, calidez o cualquier cosa que no sea «salida de emergencia de un centro comercial».
El extintor rojo brillante. El pictograma verde fosforito con el muñequito corriendo. La luminaria de emergencia rectangular que parece pegada a última hora. Y todos ellos, además, con normas muy concretas sobre dónde tienen que ir, a qué altura, con qué visibilidad. No puedes esconderlos. No puedes hacerlos pequeños. No puedes cambiarles el color.
Lo que sí puedes es pelearte —con criterio y con paciencia— para que se coloquen en los sitios donde menos hieran la vista, elegir modelos que existen en versiones un poco más discretas dentro de lo que la norma admite, y coordinar con el instalador para que el pictograma no acabe justo encima del logo corporativo en la pared principal porque es el sitio más visible. ¿Hola, señor? Ehhh, ¿quiere matarme a base de microinfartos? Eso ya lo hace el cortisol, gracias…
He llegado a rediseñar la posición de un mueble entero para que un extintor cayera en un nicho lateral y no en mitad del recorrido visual del espacio. He movido puntos de luz para que una luminaria de emergencia coincidiera con una línea del falso techo y no cortara la composición. Son decisiones que no ve nadie. El cliente entra, ve el espacio bonito, y no sabe que ese extintor podría haber estado justo en el sitio donde le reventaba el proyecto. Bien. Ese es precisamente el objetivo.
Y luego están las sorpresas de última hora
Los detectores de humo que el instalador coloca donde le pilla más cerca del tubo, sin mirar la retícula del techo. La caja de registro eléctrica que aparece a media pared porque «es que si no había que picar más». El aparato de aire que el técnico decide dividir en dos unidades porque le sale mejor a él, cuando el proyecto contemplaba una sola. Los enchufes que un electricista de buena fe sube o baja tres centímetros porque «así queda mejor con el rodapié», sin saber que hay un mueble a medida esperando encajar justo ahí.
Cada una de estas cosas, por separado, parece una tontería. Todas juntas, en el mismo proyecto, son la diferencia entre un espacio que respira coherencia y un espacio que da la sensación vaga de que «algo no cuadra», aunque el cliente no sepa señalar exactamente qué.
Y aquí está el punto al que quería llegar.
Retomar el timón sin perder los papeles
Un proyecto no se acaba cuando entregas los planos. Se acaba —si se acaba bien— cuando alguien ha estado presente en la obra el número suficiente de veces como para haber cazado a tiempo las quince decisiones que se estaban tomando en paralelo sin que tú te enteraras. Y eso requiere estar. Aparecer sin avisar. Mirar los techos antes de que se cierren. Preguntar por qué esa caja está donde está. Insistir en que las rejillas eran lineales, aunque el instalador ya haya comprado las rectangulares.
No es glamur. Es oficio.

Cuando una interiorista firma también la dirección de obra —o al menos un seguimiento activo de lo que está pasando en el tajo—, lo que cobra no son «más horas». Que quede claro, porque esto es lo que nadie explica bien y luego pasa lo que pasa.
Lo que cobra es la capacidad de plantarse en mitad de la obra y decir: no, esto no, esto se hace como pone en el plano. Así, sin darle mucha vuelta. Y si no se puede hacer como pone en el plano —porque a veces la realidad viene con sus cositas y hay que tragar—, entonces lo que cobra es la capacidad de mirar el marrón, respirar hondo y decir vale, pues lo resolvemos así. Y que ese «así» no destroce lo que llevamos meses proyectando.
Porque la obra, «mi sielo«, es una criatura viva que tiende a irse por donde le da la gana si nadie la sujeta.
Y ese sujetarla —ese estar ahí, ese pelearse con el instalador de turno que quiere sacar la rejilla justo en el centro de la pared que llevamos tres reuniones dibujando limpia— es probablemente lo más valioso que tiene una profesional del sector. No los renders bonitos, no los moodboards de Pinterest. Eso lo hace cualquiera con dos tutoriales de YouTube. Lo otro no.
Lo otro es lo único que garantiza que lo que se entrega se parezca, aunque sea un poquito, a lo que se prometió el primer día.
Un cliente rara vez ve esta parte. Ve el resultado final y le gusta, o no le gusta. Lo que no sabe es cuántas veces alguien tuvo que plantarse en medio de una obra para que ese resultado final existiera.
Y no pasa nada porque no lo vea. Ese trabajo silencioso es exactamente lo que separa un espacio con criterio de un espacio que «podría haber quedado mejor si alguien hubiera estado encima».
Si estás pensando en reformar un local o una vivienda y no tienes claro quién va a estar defendiendo tu proyecto cuando aparezcan las cincuenta pequeñas batallas de las que aquí hablo —porque van a aparecer, siempre aparecen—, es exactamente el tipo de trabajo del que me ocupo. Diseño de interiores, proyecto de ejecución y dirección de obra, con la peleíta con instaladores incluida en el precio.
Y si has llegado hasta aquí solo por curiosidad profesional, gracias por leerme. La próxima vez que entres en un local bonito, mira al techo y piensa: «esas rejillas han generado disputa, fijo».
Siempre tuya, Pat.
♥✨
